Tres hombres de traje azul impoluto delante de la puerta. Dos de ellos en primera fila. El tercero a la expectativa apenas un metro detrás de ellos. Aunque su actitud era discreta tanto Moriarty como Cordelia pudieron observar que los tres iban armados. Los dos que estaban en primera línea, de una mediana edad. El que estaba a sus espaldas ya peinaba un cabello canoso.
Moriarty se adelantó unos pasos e hizo un amago de preguntar. El tercer hombre, el que llevaba la dirección del grupo, se aproximó a su vez a Moriarty y lo detuvo con su mano abierta y en actitud desafiante.
Tercer hombre: Señor Moriarty, Señora Cordelia. Hemos observado su actitud desde su viaje con origen en Essaouira. Creen honestamente que su destino es la Ciudad del Vaticano. Y así es. Deben dejar que les acompañe. Soy el único acólito que les puede presentar al maestro verdadero. Si ustedes deciden presentarse sin mi persona, serán arrestados por el servicio interno de seguridad de Roma. Les encerrarán en una de las cárceles ocultas de la ciudad subterránea, y será extremadamente difícil que sus amigos les puedan volver a encontrar. Déjenme explicarles algo que proporcionará luz a su pensamiento confuso.
Moriarty y Cordelia se miraron y comprendieron que el tercer hombre era una pieza importante en toda aquella aventura. Sus sensaciones sobre él eran encontradas. Por una parte temian que aquella sección de la Guardia Vaticana, no estuviese a las órdenes directas de Roma y sí a las de algún poderoso maestro Interno con intenciones de eliminar testigos. Pero por otra, conocían que la entrada a la Cátedra de Pedro con garantías, era imposible sin el salvoconducto de un hombre como aquel que tenían enfrente.
El tercer hombre levantó la mano y les dijo: Deben confiar en mí. Otra opción es descartable. Les llevaría a un destino francamente oscuro. No obstante, si no me creen, este objeto les disuadirá
Tenían delante de sí un libro. Les resultaba familiar. A esa corta distancia se reflejaba el título: ¡¡¡ Syllabus!!!, ¿¿¿Cómo podía ser otro ejemplar??
Solo les diferenciaba el color de sus lomos de cuero. El que ellos habían podido observar, era ligeramente ocre.
El que poseía el tercer hombre, era de un rojo intenso.
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Desde España: José María Agüeros es abogado, trader y amante del arte.
En su faceta de escritor vocacional, cada lunes nos deleita con un nuevo capítulo de la apasionante trama de Essaouira, La Orden del Ibis Negro.