Dos golpes con el puño en la puerta rompieron el silencio de la estancia. Una voz ronca clamó:
- » Por la autoridad que me confiere el Sumo Pontifice, quedan ustedes detenidos. Abran la puerta y no opongan resistencia.»
Moriarty y Cordelia quedaron paralizados. El hombre canoso del grupo, introdujo su mano en el bolsillo de su chaqueta, y una pistola de pequeño calibre apareció en su mano.
Con un dedo en sus labios les indicó que guardasen silencio. Se arrodilló frente a uno de los cuadros de la habitación y Cordelia y Moriarty pensaron que algo le había impulsado a rezar. ¡Era incoherente!
¿Por qué portaba el arma entonces? ¿Si se disponía a rezar qué sentido tenía defenderse?
Mientras este pensamiento discurría por la mente de Moriarty y de Cordelia, la mano izquierda del hombre canoso manípuló uno de los zócalos a la vista. Presionó con el pulgar y el índice, y una portezuela se abrió.
Aparentemente era minúscula y por allí no parecía que pudieran huir. Sin embargo, el hombre canoso les indicó con un gesto violento, que no tenían otra opción de escape.
Primero Cordelia se arrodilló y su cabeza y hombros se adentraron a través de aquella abertura. Una vez allí la oscuridad se hizo total. El hombre canoso empujó a Moriarty hacia habitáculo y una vez cumplida esa misión, él mismo desapareció en el angosto túnel.
- Con un movimiento hábil de su pie cerró la portezuela que quedaba a su espalda. Cordelia angustiada, no avanzaba ya que la oscuridad era total.
El hombre canoso parecía acostumbrado a ese lugar y no tenía síntoma alguno de angustia. Los tres se encontraban en un pasillo que no parecía tener destino.
En ese instante una luz potente resplandeció delante de ellos. Se encontraba lejos, quizás a unos 50 metros. No parecía una gran distancia. Sin embargo, en las circunstancias en las que se encontraban era un verdadero Marathon de silencio y miedo.
Los tres se arrastraron durante unos segundos por aquel trayecto inesperado.
Cordelia se encontró de frente a la luz…
Una puerta de parecidas dimensiones a la que habían dejado atrás se abrió.
- La imagen era del todo inesperada.
La estancia no era grande en dimensiones. Sin embargo era una réplica exacta del lugar donde se realizaba el Cónclave Cardenalicio.
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Desde España: José María Agüeros es abogado, trader y amante del arte.
En su faceta de escritor vocacional, cada lunes nos deleita con un nuevo capítulo de la apasionante trama de Essaouira, La Orden del Ibis Negro.