Vértigo

Del estatismo al movimiento, de la butaca inerme a un baile de fuego. Así, M. Carmen Boj nos va llevando hasta un sorprendente final, de la mano pero dejándonos solos frente a lo inevitable.


Anochece… Sentada en mi butaca asumo el paso del tiempo, ese abismo que se abre ante mí del que intento huir y me enfrenta a un futuro incierto, callando sentimientos para no hacer daño a los que amo, aprendiendo que no somos omnipotentes y aceptando esas palabras de compasión “mal entendida” que alguien en algún momento ha pronunciado “el tiempo es
limitado, has de vivirlo con más intensidad
”. Yo lo comprendo todo y me esfuerzo para encontrar algo que de sentido a mi vida a veces tan vacía… ¡Qué sabran ellos!

Abandono sin remedio el pasado, en ese mundo de los recuerdos perdidos para así poder vivir un presente que me ayude a avanzar en este momento en que nada tiene sentido. Dejo a un lado limitaciones reales, otras impuestas por mí misma en este abandono casi absoluto, en ese pozo de desesperanza que siento me arrastra hacia los infiernos…

Entro en un estado de semi inconsciencia… Escucho a lo lejos el griterío de la gente al pasar, las risas nerviosas y exultantes de los niños que imagino mirando embelesados las luces de colores burbujeantes en los escaparates de las tiendas a la espera de esa noche mágica en la que sus sueños se harán realidad. Sonrío, al mismo tiempo que su alegría me causa dolor al sentir en mi boca el sabor amargo de unas Navidades añoradas, congeladas en el tiempo.

Cierro los ojos y pierdo la noción de mi existencia, mientras un murmullo, como un lamento, va invadiendo la estancia, una melodía vibrante, arrasadora, voluptuosa, que me atrapa como una corriente electrizante que recorre mi cuerpo cansado, logrando que mis pies empiecen a moverse al compás de esa música despertando de su letargo.

Me levanto y empiezo a balancearme de un lado a otro siguiendo el compás, ágil, ligera, sin miedo. A mi lado unos brazos fuertes y vigorosos surgen de entre las sombras y me sostienen, dándome la fuerza que necesito. Siento mi pelo enredarse en ellos, nos abrazamos, mientras nuestro baile se convierte en una danza de fuego, embrujada, subyugada, siento el deseo de
hacer el amor… Ya no soy yo, es otra persona la que pide, la que siente y suplica… El suelo se abre para nosotros, blanco, brillante, como la nieve de invierno… La cabeza me da vueltas, agito mis manos dando forma a figuras imaginarias y sigo bailando abducida por esa melodía embriagadora que invade todo mi ser…

¿Debo estar en el cielo? Me despojo de mis ropas, ya no las necesito, una varita mágica me ha convertido en la Cenicienta del cuento, con sus zapatitos de cristal. Un vestido de tul me cubre y puedo volar por la habitación como si unos pajarillos me agarraran elevándome al infinito.

Me dejo llevar, no pongo resistencia… Si es un sueño, no quiero despertar de ese estado de exaltación, de dicha, de plenitud jamás vivida… La música y esos brazos que no consigo ver, que se deslizan por mi cuerpo como una caricia, como una ráfaga de viento gélido que me obliga a seguirlos quién sabe hacia dónde… y me pregunto, ¿es esto lo que se siente cuando tu
música nos enamora, cuando logras atrapar a nuestras almas frágiles e inocentes para llevártelas contigo a ese lugar sin nombre? Sabes que siempre seré tuya, recuerda que nos hemos amado hace apenas un instante, mi curiosidad por verte me abruma y atrae con tal intensidad como para darme cuenta de la felicidad que puede existir a tu lado. Pero ingrata de mí, no me lleves contigo todavía, sé que me estarás esperando, no podrás olvidarme, has saboreado las mieles de mi amor y has
lamido las cicatrices abiertas de mis sentimientos heridos. Sé que soy injusta contigo, pero yo te imploro MUERTE piadosa, me concedas un poco más de tu tiempo eterno, porque por mucho que tú me hayas dado, mi deseo es volver a sentir una y mil veces mas el VERTIGO DE VIVIR.

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